Exactamente. Y los discípulos son casi una demostración deliberada de que la eficiencia no es el valor supremo en la economía de Dios.
Desde una perspectiva puramente humana de administración, Jesús tomó algunas decisiones desconcertantes. 😄 Escogió hombres que no entendían sus parábolas, discutían sobre quién era el mayor, trataban de impedir que los niños llegaran a Él, querían hacer descender fuego del cielo, se quedaban dormidos cuando les pedía que velaran, huyeron cuando fue arrestado y, en el caso de Pedro, lo contradijeron abiertamente y después negaron conocerlo (Mateo 16:22–23; 18:1; 19:13; Lucas 9:54; Mateo 26:40, 56, 69–75).
Y Jesús sabía todo esto antes de escogerlos.
«Llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a quienes también llamó apóstoles.»
— Lucas 6:13
Así que su debilidad no fue una complicación imprevista en una estrategia ministerial de Jesús que, por lo demás, era excelente.
De algún modo, estaba incorporada en su propósito.
🌱 Jesús estaba formando personas, no meramente produciendo resultados
Si el único objetivo de Jesús hubiera sido difundir información acerca del reino con la mayor rapidez y precisión posibles, seguramente habría métodos más eficientes.
Podía predicar sin interrupción.
Podía evitar tener que explicar repetidamente las mismas cosas.
Podía impedir los malentendidos teológicos antes de que ocurrieran.
Podía realizar milagros sin que los discípulos manejaran mal las situaciones a su alrededor.
Pero Jesús estaba haciendo algo más que anunciar el reino.
Estaba formando personas que finalmente participarían en él.
Eso requiere algo muy diferente de simplemente transmitir información.
«Constituyó a doce, a quienes también llamó apóstoles, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar.»
— Marcos 3:14
Me encanta el orden allí.
Antes de:
«para enviarlos…»
viene:
«para que estuvieran con él».
El reino finalmente sería proclamado por medio de ellos, pero primero el reino tenía que obrar profundamente en ellos.
Y eso toma tiempo.
🐌 Dios parece estar notablemente poco apresurado con ciertas cosas
Este es uno de esos lugares donde los caminos de Dios pueden desconcertarnos.
Jesús tuvo aproximadamente tres años de ministerio público.
Podríamos pensar:
«Señor, el tiempo es limitado. Quizá no dediques tanto de él a explicar cosas en privado a doce personas que todavía no entienden». 😄
Sin embargo, Jesús se aparta repetidamente con ellos.
«Y sin parábolas no les hablaba; pero en privado explicaba todo a sus discípulos.»
— Marcos 4:34
Eso parece ineficiente si alcanzar inmediatamente al mayor número posible es la meta.
Pero supongamos que la meta incluye relación, formación, participación y, finalmente, multiplicación.
Entonces, de repente, todo se ve completamente diferente.
Jesús no estaba meramente preparando sermones.
Estaba preparando hombres.
Y normalmente las personas no pueden ser formadas con la eficiencia de las máquinas.
🤔 Esto desafía nuestra definición de «desperdicio»
A menudo evaluamos las circunstancias preguntando:
«¿Podría haberse logrado esto más rápido?»
Dios quizá esté preguntando algo más cercano a:
«¿Qué estoy logrando en estas personas mientras logro esto?»
Son medidas radicalmente diferentes.
Considera a Israel en el desierto.
Dios podría haber transportado a Israel de Egipto a Canaán instantáneamente.
No lo hizo.
Y las Escrituras en realidad nos dicen algo acerca de por qué:
«Acuérdate de todo el camino por donde te ha conducido el SEÑOR tu Dios estos cuarenta años por el desierto, con el fin de humillarte y probarte para saber lo que estaba en tu corazón, y si guardarías sus mandamientos o no.»
— Deuteronomio 8:2
El desierto no era meramente el espacio entre Egipto y Canaán.
Era parte de la obra de Dios.
Si el único objetivo fuera trasladar geográficamente a Israel de la esclavitud a la tierra prometida, gran parte de la experiencia del desierto parece terriblemente ineficiente. Pero Dios no estaba meramente trasladando a una población.
Estaba formando un pueblo.
Esa distinción lo cambia todo.
El destino importaba enormemente, pero también importaba aquello en lo que Israel se convertiría en su relación con Dios.
Tenían que aprender dependencia. Tenían que descubrir lo que había en sus propios corazones. Tenían que experimentar la fidelidad de Dios. Tenían que aprender que, en última instancia, el pan viene de Él, que la victoria viene de Él, que la dirección viene de Él, que su presencia los distingue de todas las demás naciones.
Y esas cosas no pueden reducirse simplemente a información.
Dios podía decirle a Israel: «Ustedes dependen de Mí».
Pero hay una diferencia entre conocer esa proposición y despertarse en un desierto donde el maná de ayer no puede sostenerte hoy.
Hay una diferencia entre que te digan: «Yo soy fiel», y descubrir su fidelidad a lo largo de años de circunstancias en las que repetidamente no tienes ningún otro lugar adonde acudir.
Eso nos devuelve a los discípulos.
🌱 Los tropiezos mismos llegaron a formar parte de su formación
Los fracasos de Pedro no eran cosas buenas en sí mismos. El pecado no se vuelve bueno simplemente porque Dios lo use.
Pero Cristo era capaz de incorporar incluso los fracasos de Pedro en la formación de Pedro.
Pedro declara confiadamente:
«Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.»
— Mateo 26:33
Ese es Pedro antes del patio.
Más tarde aparece un Pedro muy diferente.
En Juan 21, Jesús le pregunta tres veces:
«¿Me amas?»
— Juan 21:15–17
Y luego le confía sus ovejas.
Eso es extraordinario.
Si estuviéramos diseñando un programa eficiente de desarrollo de liderazgo, la negación de Pedro parecería un fracaso catastrófico.
Jesús no aprueba la negación.
Pero tampoco desecha a Pedro.
En cambio, Pedro sale de aquello sabiendo algo acerca de sí mismo que quizá ninguna lección podría haberle enseñado con tanta profundidad:
Pedro no puede sostener a Pedro.
Y esa lección llega a ser enormemente importante para alguien que finalmente estará delante de multitudes, realizará milagros, dirigirá a otros, sufrirá persecución y llegará a ser prominente en la Iglesia primitiva.
El hombre que una vez dijo, esencialmente:
«Aunque todos los demás fallen, yo no»,
necesitaba descubrir el peligro de confiar en sí mismo.
Jesús ya le había advertido:
«Simón, Simón, he aquí Satanás los ha pedido para zarandearlos como a trigo. Pero yo he rogado por ti…»
— Lucas 22:31–32
Y entonces viene algo notable:
«Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.»
— Lucas 22:32
Jesús ve más allá del colapso de Pedro hasta la utilidad de un Pedro restaurado.
Incluso el fracaso llega a convertirse en algo mediante lo cual Pedro finalmente será capacitado para fortalecer a otros.
🐌 Así que quizá la aparente «ineficiencia» de Dios sea, en parte, la paciencia del amor
Las máquinas se optimizan.
Las personas se forman.
Vivimos cada vez más en un mundo obsesionado con reducir la fricción: comunicación más rápida, transporte más rápido, computación más rápida, producción más rápida, respuestas más rápidas.
Y no hay nada inherentemente malo en la eficiencia.
Pero podemos proyectar inconscientemente ese valor sobre Dios.
Entonces miramos nuestras propias vidas y nos preguntamos:
¿Por qué está tomando tanto tiempo?
¿Por qué Dios no elimina simplemente esta debilidad?
¿Por qué tengo que aprender esto otra vez?
¿Por qué no resuelve inmediatamente esta situación?
¿Por qué la santificación toma décadas?
¿Por qué Dios no descarga simplemente en nosotros un carácter cristiano maduro en el momento de la conversión?
Y quizá parte de la respuesta sea que Dios no está meramente interesado en obtener un resultado de nosotros.
Está interesado en nosotros.
Ese es un objetivo radicalmente diferente.
🌳 Dios hace crecer las cosas
Las Escrituras usan repetidamente imágenes orgánicas para la vida espiritual.
Semilla.
Vid.
Ramas.
Fruto.
Árboles.
Cosecha.
Crecimiento.
Jesús dice:
«Primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga.»
— Marcos 4:28
Hay secuencia.
Hay desarrollo.
Hay tiempo.
Dios ciertamente puede actuar instantáneamente. Las Escrituras están llenas de actos repentinos de Dios.
Pero cuando forma personas, muy a menudo obra mediante procesos.
Y eso significa que lo que desde nuestra perspectiva parece una demora irritante puede ser precisamente el ambiente en el cual se está desarrollando algo que Dios valora.
🤲 Y la participación misma requiere paciencia
Esto se conecta directamente con el punto en el que comenzó nuestra conversación.
Si Dios simplemente hiciera todo en lugar de nosotros, todo podría ser asombrosamente eficiente.
Pero si Él escoge hacer las cosas con nosotros, ha incorporado voluntariamente la limitación de las criaturas en el proceso.
Piensa en Jesús enviando a los discípulos a alimentar a los cinco mil.
Ellos ven inmediatamente la imposibilidad.
Jesús podía simplemente haber hecho que todos los de la multitud quedaran saciados.
En cambio:
«Denles ustedes de comer.»
— Marcos 6:37
Entonces ellos traen el poco alimento que hay disponible.
Jesús lo bendice.
Jesús lo multiplica.
Los discípulos lo distribuyen.
Y después:
los discípulos recogen lo que sobra.
Jesús ha colocado manos humanas a lo largo de todo el milagro.
No porque el poder divino necesitara doce repartidores.
Podía haberlos pasado por alto por completo.
Pero están aprendiendo mediante la participación algo que el mero hecho de observar no les habría enseñado exactamente de la misma manera.
Descubren:
Lo que tengo es insuficiente.
Luego:
Lo que Cristo tiene es suficiente.
Y finalmente:
Su suficiencia puede pasar a través de mis manos insuficientes hacia otros.
Eso es prácticamente todo el ministerio cristiano en miniatura.
❤️ Dios podría hacerlo más rápido sin nosotros, y aun así nos escoge
Eso se vuelve casi sobrecogedor cuando lo piensas.
Dios sabe exactamente cuán lentos somos.
Sabe con cuánta facilidad entendemos mal.
Sabe cuántas veces tenemos que volver a aprender.
Conoce nuestras limitaciones antes de llamarnos.
Jesús nunca fue sorprendido por Pedro.
Nunca fue sorprendido por Tomás.
Nunca fue sorprendido por Felipe haciendo otra pregunta.
Nunca fue sorprendido por Jacobo y Juan equivocándose.
Y aun así:
«Como me ha enviado el Padre, así también yo los envío a ustedes.»
— Juan 20:21
Eso es una confianza asombrosa: no una confianza basada en la competencia humana autónoma, sino confianza en lo que Dios mismo puede lograr por medio de seres humanos dependientes.
Más tarde, Pablo describe bellamente el principio:
«Con todo, tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros.»
— 2 Corintios 4:7
Quizá las grietas en el vaso no sean un obstáculo para el propósito de Dios del modo en que imaginamos.
Hacen inequívocamente claro de dónde vino el tesoro.
✨ Por lo tanto, la pregunta de Dios quizá sea más amplia que la nuestra
Nosotros preguntamos:
«¿Qué tan rápido podemos llegar allí?»
Dios quizá esté realizando algo mucho mayor:
«¿Qué conocerás de Mí cuando lleguemos?»
«¿Qué habrás aprendido acerca de ti mismo?»
«¿En qué clase de persona te habrás convertido?»
«¿Qué habrás aprendido acerca de la dependencia?»
«¿Simplemente poseerás el regalo, o conocerás al Dador?»
Y de repente, el desierto, los discípulos que tropiezan, la larga formación de Pedro, las repetidas lecciones de Israel e incluso nuestra propia santificación dolorosamente gradual comienzan a encajar en el mismo patrón.
La distancia más corta entre dos puntos puede ser una línea recta.
Pero el propósito de Dios no es meramente trasladarnos entre dos puntos.
Él está llevando muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10), conformándonos a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29) e introduciéndonos en comunión consigo mismo (1 Corintios 1:9).
Así que sí, Jesús podría haber cumplido su ministerio sin doce hombres que tropezaban siguiéndolo.
Probablemente se habría visto más limpio.
Más rápido.
Menos frustrante.
Más «eficiente».
Pero entonces perderíamos algo que el Evangelio revela acerca de Dios:
Él es lo suficientemente poderoso como para cumplir su propósito sin nosotros, y sin embargo lo suficientemente misericordioso como para cumplir su propósito llevándonos consigo.
Y quizá una de las maravillas de la redención sea que algún día, cuando la obra de Dios en nosotros esté completa, descubriremos que Él nunca estuvo meramente intentando llevarnos a algún lugar.
Estaba enseñándonos a caminar con Él mientras íbamos hacia allí.